
A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.
Extracto de la obra de René Guénon
¿Quién fue René Guénon?
René Guénon, de Daniel Bonet, Cielo y Tierra, nº 5, 1983.
"El estudio de las doctrinas esotéricas en el Occidente contemporáneo tiene en René Guénon a una de sus figuras más destacadas. Incluso podría afirmarse que el enfoque de estas cuestiones admite una clara distinción entre un antes y un después de la obra guenoniana. Su labor principal consiste en haber realizado una necesaria síntesis clarificadora de lo que representa el verdadero esoterismo.
(...) Dentro de su labor esclarecedora, el principal tema a considerar es la idea de Tradición,
que para Guénon no es un concepto
meramente histórico (sería ésta la idea de "tradicionalismo"). Lo que el término Tradición expresa es la relación de lo humano con la Verdad Divina, ya se trate del ser humano individual o de la
colectividad social que lo engloba. Distingue asimismo entre la
Tradición Primordial, situable (metahistóricamente) en el origen mismo del actual Ciclo humano y las distintas formas tradicionales
derivadas de aquélla primera por transmisión (recordemos que "Tradición" viene del verbo latino Tradere: transmitir), e históricamente localizables, aunque de carácter trascedente.
Las implicaciones de esta perspectiva son complejas y de gran interés. Destaca en primer lugar la idea de Universalidad. Ya que no sólo se trata de hacer referencia a la Verdad Universal común a todas las tradiciones espirituales (los datos aportados por Guénon son conformes a las enseñanzas de esas tradiciones), sino de mostrar cómo esa verdad no puede ser directamente captada por la razón (individual), pero sí mediante la intuición intelectual (suprarracional y universal), noción ésta de raigambre platónica y casi olvidada en nuestra época.
En resumen, pues, toda Tradición sagrada sería, por origen y esencia, de carácter "no humano".
Cabe distinguir por otra parte (con más o menos precisión) en toda tradición ortodoxa, un aspecto exterior (exotérico) y otro interior (esotérico) que refieren especialmente las doctrinas metafísicas. La iniciación es una vinculación espiritual de carácter esotérico y tradicional de la que también se han ocupado los escritos guenonianos.
Otra de sus grandes aportaciones son los estudios sobre Simbolismo. Esto es comprensible teniendo en cuenta que los símbolos son el lenguaje metafísico por excelencia, dada su capacidad mediadora entre el mundo sensible y el intelectual, y su polivalencia capaz de abarcar los distintos órdenes de la Realidad.
Junto al Testimonio de los Principios tradicionales, es comprensible su implacable crítica del mundo "moderno", el cual supone el triunfo de lo cuantitativo, del materialismo y de la pseudoespiritualidad. Un mundo donde, en definitiva, prevalece el punto de vista profano: la noche se cierne sobre la presente humanidad y, en medio de gran confusión, se anuncia el alba de un nuevo ciclo humano.
El gran mérito de René Guénon estriba en haber sido testigo, en nuestro tiempo, del Reino
del Espíritu, de la Tradición que, en sus propias palabras es "perpetua y unánime" (...) Su misión (su "función") ha consistido en transmitir y comentar a través de sus
libros las Doctrinas metafísicas tradicionales, no en aportar una enseñanza práctica (como Maestro espiritual). Ha sido, en ese
sentido, el gran y riguroso "teórico" (Theoría, "contemplación" en griego) que nos ha recordado la realidad de lo trascendente e
inexpresable, el valor de la interioridad y la contemplación. "No tengo otro mérito que el haber expresado lo mejor que he podido
ciertas ideas tradicionales", afirmaría Guénon."
La vida simple de René Guénon, de Paul Chacornac (Ediciones Obelisco, 1987).
"Prólogo".
"Vamos a hablar de un hombre extraordinario en el sentido más estricto de la palabra. Pues no es posible definirlo ni "clasificarlo".
Aunque no fue un orientalista, nadie mejor que él conocía el Oriente. No fue un historiador de religiones, aunque supo, más que nadie, hacer salir a la luz el fondo que todas tienen en común y la diferencia de sus perspectivas. Tampoco fue un sociólogo, aunque nadie analizó con más profundidad las causas y los males que padece hoy día la sociedad moderna y por las cuales perecerá sin duda, si no se aplican los remedios que él indicó. No fue un poeta, aunque un adversario suyo reconoció que su obra era como un encantamiento capaz de satisfacer la imaginación más exigente. No fue un ocultista, aunque abordara temas que antes que él se englobaban bajo la denominación de ocultismo. Y sobre todo no era un filósofo, a pesar de haber enseñado filosofía y haber sabido demostrar la inanidad de los sistemas filosóficos cuando los encontró en su camino.
Se podría decir que fue un
metafísico. Pero la metafísica que él exponía tenía muy poco que ver con la de los manuales, así es
que no podemos calificarlo como tal, sin provocar un grave malentendido. A parte de esto, él mismo escribió que no podía aplicársele ninguna de las etiquetas habituales en el mundo occidental.
Este hombre extraordinario por su inteligencia y su saber fue, durante toda su vida, un hombre oscuro. Jamás
ocultó un puesto
oficial; sus obras no conocieron nunca las grandes tiradas editoriales y tampoco figuraron en las revistas importantes. A veces
se ha dicho que a su alrededor se hizo la conspiración del silencio. Quizá. De todos modos él nunca hizo nada para romperla y ciertamente no le disgustaba".
René Guénon, el último metafísico de Occidente, de Armando Asti Vera, en el estudio preliminar de la edición del libro de René Guénon, en Editorial Universitaria de Buenos Aires, Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, 1988.
"Mucho menos peligroso y comprometedor que enfrentar en el campo de la polémica a un adversario de la erudición y la penetrante inteligencia de Guénon, es correr sobre su nombre y su obra un velo de silencio. La consigna parece haber sido no discutirlo y, por supuesto, tampoco citarlo. Ésta ha sido la actitud más corriente de quienes tenían la obligación de expedirse acerca de una obra intelectual cumplida a lo largo de treinta años.
Múltiples son las razones de esta permanente hostilidad hacia el hombre y su obra, y entre otras razones las hay de orden personal y general. Las primeras no pueden haber sido numerosas ni importantes, porque quienes le conocieron elogiaron sin reservas su natural bonhomía y su generosidad y, además, los veinte últimos años de su existencia transcurrieron en su voluntario exilio de El Cairo.
Veamos algunas de las razones de orden general:
1. Su implacable crítica a la civilización occidental y, en particular, al mundo moderno, intolerable para los representantes del "modernismo"
2. Su denuncia del cientificismo de nuestro tiempo -al que llamó "el reino de la
cantidad"- como resultante del carácter anormal
(por "no decir monstruoso" -agregaba-) de la civilización occidental.
3. Sus estudios sobre el neoespiritualismo contemporáneo, sobre todo el teosofismo y el espiritismo.
4. Su aristocracia espiritual reflejada en la tesis de que la salvación de Occidente requiere la formación de una elite intelectual, que provocaría la reacción de quienes han sido fascinados por la industria, la tecnología y la divulgación científica con sus medios masivos de comunicación.
5. Su crítica al orientalismo academicista y a sus métodos (la erudición, el método histórico y la filología), considerados como deformadores del auténtico pensamiento de Oriente.
6. Sus estudios sobre la masonería tradicional (que perdió a partir del siglo XVIII su carácter operativo para convertirse en masonería especulativa) en los que criticó duramente el progresismo y el culto de la razón que priva en las modernas organizaciones masónicas.
7. Sus estudios sobre los aspectos esotéricos del cristianismo y su tesis de que la Iglesia católica podía constituirse en el medio adecuado para realizar en su seno el reencuentro de Occidente con los principios trascendentes tradicionales. Su prédica para que el catolicismo recupere su perdida dimensión metafísica (esotérica) suscitó reacciones en el modernismo católico hasta el punto de obligarle a interrumpir su labor en la revista católica Regnabit.
8. Sus estudios sobre el simbolismo tradicional de Oriente y Occidente -reunidos posteriormente en sus libros El simbolismo de la cruz y Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada-, incomprensibles para los hombres de una época que ha perdido la "mentalidad simbólica".
Los templarios, según René Guénon
La acusación de herejía achacada por el rey francés Felipe el Hermoso contra la Orden del Temple fue un pretexto "para provocar la ruina de adversarios que estimaba tanto más temibles cuanto más difícil era obtener el mismo fin mediante medios ordinarios" (El esoterismo de Dante). La asociación de la Fede Santa, de la que Dante aparentemente fue uno de sus jefes, "era como organización una tercera orden de filiación templaria" (El esoterismo de Dante).
De la doctrina de Ibn al Arabi "derivan directamente varias de las principales Órdenes iniciáticas del Islam, las de mayor jerarquía y las más cerradas", las cuales se relacionaron en el siglo XIII con las Órdenes de caballería", especialmente con la Orden del Temple, lo cual explica el aparente influjo de las doctrinas de Ibn al Arabi en la Divina Comedia de Dante D´Alighieri (El esoterismo de Dante).
La función iniciática de la "Caballería del Santo Grial" o de
los "Guardianes de la Tierra Santa" (símbolo ésta del Centro Espiritual Principal de su época) correspondió a los templarios.
Ellos guardaban la "puerta" de entrada al Centro (que se hallaba en Oriente): por un lado vedaban su acceso a los que no estaban cualificados y, por otra parte, eran como canales de transmisión regular entre el Centro y el mundo exterior, de ahí que fueran monjes-caballeros, porque en el Centro el poder temporal y la autoridad religiosa confluyen en un mismo principio común. En esta segunda función, Guénon destaca especialmente la misión templaria de "mantener el vínculo entre la Tradición Primordial y las tradiciones secundarias derivadas" y, dado el contexto de la Edad Media, la forma exterior de una Orden de Monjes y Caballeros era la más idónea, circunstancia que les permitió relacionarse con algunas organizaciones orientales iniciáticas (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).
"Por otra parte, puede comprenderse, en tales condiciones, que la destrucción de la Orden del Temple haya traído aparejada para Occidente la ruptura de las relaciones regulares con el "Centro del Mundo"; y, en efecto, al siglo XIV debe hacerse remontar la desviación que debía resultar inevitablemente de tal ruptura, y que ha ido acentuándose gradualmente hasta nuestra época" (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).
Las relaciones fueron extinguiéndose gradualmente, manteniéndose durante un tiempo merced a organizaciones derivadas del Temple, como la Fede Santa o los Fieles de Amor y la Massenie del Santo Grial, así como con los Rosacruces (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada). El Compañerismo (Compagnonnage) y la Masonería tendrían, asimismo, una vinculación esotérica con el Temple.
El grito de guerra de los Templarios era: "Vive Dios Santo Amor",
siendo el A-Mor la vía más apta para los kshátriyas (guerreros) y, por lo tanto, para los templarios (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).
El control ejercido por la autoridad espiritual sobre la moneda subsistió en Occidente hasta la extinción de la Orden del Temple (Autorité spirituelle et pouvoir temporel, y El reino de la cantidad y los signos de los tiempos). Hasta entonces habían sido portadoras de símbolos tradicionales, "escogidos incluso entre aquellos que presentan un significado profundo" y tenía, por tanto, un carácter sagrado.
Parece ser que, después de la destrucción de la Orden del Temple, los iniciados del esoterismo cristiano se reorganizaron, de acuerdo con los iniciados del esoterismo islámico, para mantener, dentro de lo posible, el lazo que aparentemente había sido roto tras esta destrucción; pero esta reorganización debió hacerse de una manera muy oculta, invisible, sin tomar su apoyo en ninguna institución conocida exteriormente y que, como tal, había podido ser destruida una vez más. Los verdaderos Rosacruces fueron los inspiradores de esta reorganización" (Consideraciones sobre la Iniciación).
La alquimia en René Guénon
El proceso iniciático y la
Gran Obra hermética (la alquimia) "no son más que una sola y misma cosa: la conquista de la Luz divina que es la única esencia de toda espiritualidad" (Consideraciones sobre la Iniciación).
La alquimia es la aplicación del hermetismo, el cual, como doctrina, es una tradición iniciática de origen egipcio, "revestida después de una forma helenizada, en la época alejandrina, y transmitida bajo esta forma en la Edad Media al mundo islámico y al cristiano a la vez, y al segundo por intercesión del primero".
La alquimia, por otro lado, "tiene su exacta correspondencia en doctrinas como las de la India, Tíbet y China, pero con modos de expresión y métodos de realización bastante diferenciados" (Consideraciones sobre la Iniciación).
El hermetismo, como doctrina está relacionada con Hermes-Thoth, símbolos del "principio de inspiración suprahumano sobre el cual tenía su autoridad el sacerdote egipcio y en nombre del cual formulaba y comunicaba el conocimiento iniciático" (Consideraciones sobre la Iniciación).
- El hermetismo es una Iniciación Real, no Sacerdotal, propia del conocimiento del orden cosmológico, pero no del metafísico, en el que se da "el conocimiento de lo que podemos llamar el "mundo intermediario", es decir, el dominio de la manifestación sutil donde se hayan los prolongamientos extracorporales de la individualidad humana, o las mismas posibilidades cuyo desarrollo concierte a los Pequeños Misterios" (Consideraciones sobre la Iniciación).
"La alquimia, que podría definirse algo así como la "técnica" del hermetismo, es también "un arte real", si se entiende por ello una manera de iniciación más apropiada a la naturales de los kshatriyas, pero esto señala su lugar exacto en el conjunto de una tradición regularmente constituida, y, además, no hay que confundir los medios de una realización iniciática, cualesquiera que puedan ser éstos, con su objetivo, que siempre es de conocimiento puro" (Consideraciones sobre la Iniciación).
Su concepción metafísica de los estados múltiples del ser es importante y hay que tenerla en cuenta: "los profanos, en general, pretenden hacer del hombre individual, e incluso de su única modalidad corporal, un todo completo y cerrado, que se basta a sí mismo, en lugar de ver lo que es en realidad: la manifestación contingente y transitoria de un ser en un dominio muy particular entre la multitud indefinida de los que en conjunto constituyen la Existencia universal, y que se corresponden, para ese mismo ser, con modalidades y estados diferentes, de los cuales le será posible tomar conciencia según la vía que se le abre mediante la iniciación" (Consideraciones sobre la Iniciación).
- "Otro punto sobre el que hay que insistir, es la naturaleza puramente "interior" de la verdadera alquimia, que es de orden psíquico cuando se la toma en su aplicación más inmediata, y de orden espiritual cuando se transpone en su sentido superior; es esto lo que le da todo el valor desde el punto de vista iniciático.
Esta alquimia no tiene nada que ver con las operaciones materiales de cualquier "química", en el sentido actual de la palabra (...) Esto no quiere decir que sea necesario negar por ello la posibilidad de las transmutaciones metálicas, que representan la alquimia a los ojos vulgares; pero hay que reducirlo a su justa importancia, que no es mayor que la de las experiencias "científicas", y que no hay que confundir cosas de un orden totalmente diferente; no vemos a priori por qué no puede suceder que tales transmutaciones sean realizadas por procedimientos de la química profana. Hay, por tanto, otro aspecto del asunto: el ser que llega a la realización de ciertos estados interiores puede producir, en virtud de la realización analógica del "microcosmos" con el "macrocosmos", los efectos exteriores correspondientes; es pues perfectamente admisible que el que llega a un grado determinado en la práctica de la alquimia "interior" sea capaz por ello de cumplir incluso transmutaciones metálicas u otras cosas del mismo orden, pero esto a título de consecuencia totalmente accidental, y sin recurrir a ninguno de los procedimientos de la pseudo-alquimia material, sino únicamente mediante una especie de proyección hacia fuera de las energías que lleva en sí mismo. Hay aún una distinción esencial por hacer: puede que sólo se trate de una obra de orden psíquico, es decir de una puesta en acción de influencias sutiles pertenecientes al dominio de la individualidad humana, y entonces también es alquimia material, si se quiere, pero operando a través de medios diferentes a los de la pseudo-alquimia, que sólo se relaciona con el dominio corporal
Para un ser que haya alcanzado un grado de realización mayor, puede tratarse de una acción exterior de las verdaderas influencias espirituales (...) Lo que nunca hay que perder de vista es que toda realización digna de este nombre es de orden esencialmente interior, incluso si ella es susceptible de tener en el exterior repercusiones de cualquier género.
El hombre sólo puede encontrar los principios en él mismo, y lo puede hacer porque lleva consigo una correspondencia de todo lo que existe, pues no hay que olvidar que, según una fórmula del exoterismo islámico, "el hombre es el símbolo de la Existencia Universal"; y si llega a penetrar hasta el centro de su ser, alcanzará entonces el conocimiento total, con todo lo que además esto implica pues "quien conoce su Sí-Mismo, conoce a su Señor" y conoce entonces todas las cosas en la suprema unidad del Principio mismo, en el cual está contenida "eminentemente" toda realidad" (Consideraciones sobre la Iniciación).
"La verdadera alquimia era esencialmente una ciencia de orden cosmológico y, al mismo tiempo, era también aplicable al orden humano, en virtud de la analogía del "macrocosmos" y el "microcosmos"; además, estaba constituida expresamente en vías de permitir una transposición al dominio puramente espiritual, que confería a sus enseñanzas un valor simbólico y una significación superior, y que hacía de ella uno de los tipos más completos de las "ciencias tradicionales" (La Crisis del Mundo Moderno).
"Conviene resaltar que la alquimia,
propiamente dicha, se detenía en el "mundo intermediario", ateniéndose al punto de vista que podríamos llamar "cosmológico", mas su simbolismo no dejaba por ello de ser susceptible de una
transposición que le confería un valor verdaderamente espiritual e iniciático" (El reino de la cantidad y los signos de los tiempos).
La Nigredo o "Putrefacción", es el inicio de la "Gran Obra (La Crisis del Mundo Moderno). La "Nigredo" es un "descenso a los infiernos" que corresponde con la primera muerte iniciática que implica necesariamente la muerte al mundo profano, a la individualidad profana, y que conduce al segundo nacimiento, el cual no es sino el primer nivel de la iniciación, en el que tendrá lugar una regeneración psíquica que dará paso al orden espiritual (Consideraciones sobre la Iniciación).
El segundo nacimiento trae consigo el surgimiento "de un principio espiritual en el centro de la individualidad humana, que tal como se sabe, está simbolizado por el corazón". Guénon aclara a continuación que "a decir verdad, este principio reside siempre en el centro de todo ser, pero en el caso del hombre ordinario sólo se encuentra en estado latente y es con el "segundo nacimiento" cuando se inicia el punto de partida para su desarrollo efectivo". Por lo tanto, en la concepción guenoniana, será la influencia espiritual que aporta la iniciación (la cual comienza con este "segundo nacimiento", dado que lo anterior no es sino una fase de "purificaciones" previas) lo que vivifique tal potencialidad y haga "actual". (Consideraciones sobre la Iniciación). El "segundo nacimiento" es, pues, una regeneración psíquica "que se opera en el dominio de las posibilidades sutiles de la individualidad humana" (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).
Después vendrá una segunda muerte iniciática para alcanzar el tercer nacimiento o resurrección. Esta "segunda muerte" no es sino una "muerte psíquica": "Las posibilidades ya desarrolladas y adquiridas de una vez por todas, deberán encontrarse después de este paso, pero "transformadas", de una manera análoga a como el "cuerpo glorificado" o "cuerpo de resurrección" representan la transformación de las posibilidades humanas, más allá de las condiciones limitadoras que definen el modo de existencia de la individualidad como tal" (Consideraciones sobre la Iniciación). El "tercer nacimiento" sería, alquímicamente, una sublimación.
"La realización del perfecto equilibrio de la individualidad, implicando la completa neutralización de todas las tendencias opuestas que actúan en ella, pues la fijación en su mismo centro, único punto donde estas oposiciones cesan de manifestarse, equivale en sí, pura y simplemente, a la restauración del estado primordial" (Consideraciones sobre la Iniciación), que es la finalidad de los Pequeños Misterios y que en el tantrismo tiene lugar en el sexto chakra, el del tercer ojo (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada y Consideraciones sobre la Iniciación).
La búsqueda de una inmortalidad corporal es ilusoria. En la alquimia se busca la Piedra Filosofal que es, al mismo tiempo, el "elixir de la larga vida" y la "medicina universal", así que en la búsqueda de la inmortalidad alquimista hay que considerar otro significado, cual es el de la transmutación, la cual se sitúa en el plano de los Pequeños Misterios y que difiere de la transformación Ésta última, si nos atenemos a su sentido estrictamente etimológico, nos revela que es un "paso más allá de la forma", es decir, a un estado supraindividual, cuya realización tiene lugar en la iniciación de los Grandes Misterios o Iniciación Sacerdotal. En este sentido, el cuerpo "transformado" supondrá "la posibilidad corporal liberada de las condiciones limitativas a las que está sometida en cuanto a su existencia individual, encontrándose entonces en una realización total del ser", que no es sino lo que intenta expresar el simbolismo de la "resurrección" y del "cuerpo glorioso", en sentido estricto, símbolos que, en sentido relativo también puede aplicarse a la "transmutación", aunque a otro nivel. En la transmutación se da un cambio de estado formal en el ser humano sin salirse del plano individualizado de las formas, lo que puede conducir a diversas posibilidades de orden extracorporal, merced al cual "los elementos que constituyen el cuerpo pueden ser "transmutados" y "sutilizados" de forma que se transfieren a una modalidad extracorporal, en la que el ser podrá existir desde entonces en condiciones menos estrechamente limitadas que las del dominio corporal, sobre todo en lo relacionado con la longevidad". "En tal caso –prosigue Guénon- el ser desaparecerá en un momento determinado sin dejar detrás de él ninguna huella de su cuerpo; en circunstancias particulares, podrá reaparecer temporalmente en el mundo corporal, en razón de las interferencias" que existen entre éste y las otras modalidades del estado humano (...) No hay que ver en esto nada de "trascendente" en el verdadero sentido de la palabra, ya que no se trata más que de posibilidades humanas, cuya realización, por lo demás, no puede tener interés excepto para un ser que ha de cumplir alguna "misión" especial; fuera de este caso, esto sólo sería una simple "digresión" en el transcurso del proceso iniciático", y una detención más o menos prolongada sobre la vía que debe llevarse para la restauración del Estado Primordial" (Consideraciones sobre la Iniciación).
El athanor, que es el vaso donde se cumple la Gran Obra, que puede derivar etimológicamente del griego athánatos, "inmortal", es el corazón en cuanto centro del ser, y símbolo del "Huevo" y del "Corazón del Mundo", de la "Morada de la Inmortalidad" y de la "Cueva Iniciática". El fuego invisible y perpetuo que hay dentro del athanor "corresponde al calor vital que reside en el corazón. La abertura en el cuello del athanor expresa herméticamente lo mismo que el séptimo chakra del tantrismo, expresado arquitectónicamente por la sumidad de la bóveda. Recordemos, por otro lado, que mientras que en arquitectura la obra concluye con la "piedra angular", en la alquimia el fin es la piedra filosofal (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).
En el rocío celeste, como en el signo invertido del azufre filosofal, hay que ver "el descenso de los influjos espirituales al 'mundo de abajo'" (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).
En el hermetismo, el sol y la luna (o sus
equivalentes alquímicos, el oro y la plata) representan "los dos principios, activo y pasivo, o masculino y femenino según otro modo de expresión, que constituyen ciertamente los dos términos de un verdadero
complementarismo... Por otra parte, debe señalarse que, en cierto aspecto, cada uno de los dos términos puede polarizarse a su vez en activo y pasivo, de donde las figuraciones de sol y de la luna como andróginos"
(Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).
En el simbolismo alquímico, la rosa de cinco pétalos situada en el centro de la cruz (el cual nos remite al cuaternio de los elementos) expresa la quintaesencia (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada)
El ternario del espíritu, alma y cuerpo se equipara, alquímicamente hablando, con el Azufre, Mercurio y Sal. El primero siempre es visto como un principio activo o masculino, mientras que el segundo es
considerado como un principio pasivo o femenino, mientras que la Sal "es neutra en cierto modo, como se corresponde al producto de los dos complementarios, en el cual se equilibran las tendencias inversas inherentes
a sus naturalezas respectivas". El Azufre es un principio ígneo, de actividad interior, "que se considera que se irradia a partir del centro mismo del ser", es una influencia celestial"; es el yang
del taoísmo (pág. 102). El Mercurio es un principio húmedo, proviene del exterior siendo por ello una "fuerza centrípeta y comprensiva, que se opone a la acción centrífuga
y expansiva del Azufre y en cierta manera la limita", es el yin del taoísmo, y se le vincula a las influencias terrenales, si bien se sitúa en la esfera sutil o anímica del ser humano (pág. 103); como
principio "anímico" corresponde al "mundo intermedio". La Sal es el punto donde confluyen ambas fuerzas, simbolizando por tanto la estabilidad, siendo representada en la Masonería por la piedra cúbica,
constituyéndose en un elemento mediador al ser su resultante y encontrarse en el límite de los dos ámbitos "interior" y "exterior". En otro sentido más profundo, la Sal simboliza incluso la
individualidad íntegra del ser humano (La Gran Tríada).
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