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A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo
¿POR QUÉ SOY LAICO?
Últimamente se habla mucho de laicidad, pero tengo la impresión de que, dependiendo de quién sea la persona que la utiliza, esta palabra encierra
significados muy diversos. Tal divergencia conceptual es un engorro a la hora de dialogar y, a los que nos sentimos medularmente laicos, el hecho nos descorazona tanto como a los católicos debe descorazonar que se hable
de cristianismo confundiendo el de Juan Pablo II, pontífice respetable, con el cristianismo de Gregorio XVII, sedicente y folklórico papa del Palmar de Troya.
Laicidad no es otra cosa que un marco de relación en el que los ciudadanos podemos entendernos, sin entrar en temas a los que cada individuo aplicamos íntimas convicciones
personales. Laicidad es levantar puentes que nos permitan comunicarnos desde la desigualdad, pero en convivencia. Porque se trata de unir lo diferente, laicidad es sinónimo de tolerancia y, en contra de lo que se
manifiesta a veces, ser laico no lleva anejo sentir fobia hacia lo sagrado ni liarse a tortas con la Iglesia Católica ni con ninguna otra Iglesia. El laicismo (apoyo a la laicidad) carece de connotaciones doctrinarias y
no se ve obligado a luchas anticlericales, aunque las doctrinas sean legítimas y sea legítimo también no estar de acuerdo con ciertas posturas del clero. Gracias a esta laicidad en la que creo, me es dado ver en cada
uno de mis conciudadanos a seres libres como yo e iguales a mí, sin que me importe la etnia a la que pertenezcan, el partido político al que voten o las convicciones que zarandeen su espíritu. Hay ámbitos para lo común,
que la laicidad hace cómodos, y ámbitos que deben permanecer en el “sancta sanctorum” que los seres humanos llevamos dentro de nosotros.
Déjenme repetirlo alto y claro: los laicos no propugnamos combates contra instituciones que practiquen el respeto a las ideas ajenas; propugnamos sólo nexos convivenciales
entre lo dispar y autonomía para poder optar por alternativas distintas. ¿No pecan, al menos, de paternalismo soberbio quienes se arrogan la permanente obligación de marcarnos los únicos caminos morales que debemos
seguir? El laicismo jamás ha de ser cátedra de dogmas, sino pantalla de opiniones que las personas sabrán elegir responsablemente para sí; no señala posturas a tomar sobre asuntos como el divorcio, la
homosexualidad, la eutanasia, las terapias genéticas..., limitándose a permitir la reflexión sobre esos y sobre otros temas que unos pocos intentan hacérnoslos mirar desde “su” verdad.
De niño, me eduqué en un colegio católico al que le debo mucho. Pero, al no ser laico, sino confesional, en él me enseñaron a huir de los "pérfidos judíos", que eran una raza "deicida"; me enseñaron también a mirar con superioridad a los musulmanes (polígamos y lujuriosos) y a sentir miedo y hasta odio
por los "satánicos" librepensadores... Hoy, gracias a la laicidad, he aprendido a respetar el modo en el que cada ser humano afronta el Misterio sobrecogedor, fascinante e inmenso que nos envuelve a todos y
que algunos solucionan apostando por Yavhé, otros por Alah, otros por Cristo y otros relegando cualquier aceptación metafísica. Soy consciente de que el hecho religioso es de suma
trascendencia para gran parte de los hombres, por lo que me sentiré siempre dispuesto a levantar mi voz con tal de que nadie sufra persecución por la fe que ha elegido. Y me tomo tan en serio las religiones (¡todas la
religiones!) que soy partidario de que sus signos no los traslademos a ámbitos públicos como la escuela, en los que deben convivir creencias antagónicas. Exijamos, eso sí, que un musulmán, y un judío, y un
cristiano puedan adorar al Dios de sus afectos, pero sin convertir los colegios en canchas de confrontación, de adoctrinamiento ejercido por profesores a los que seleccionan jerarcas de una determinada Iglesia o en
pasarela en la que se exhiban de forma ostentosa velos, crucifijos, “kippas”, etcétera, que son adecuadísimos para el ámbito al que pertenecen, es decir, el privado.
El tema da para mucho. He pretendido hilvanar esta
columna desde el respeto y acepto que, tras leerme, alguien decida estar en desacuerdo conmigo. Cuando pienso, sin embargo, que las discrepancias doctrinales algunos las llevaron antaño a la hoguera inquisitorial y, para imponer sus razones, hoy las llevan otros a la guerra
“preventiva” o “santa” (¡ambas, qué horror!); cuando me es dado ver secuestros de periodistas y degüellos de cooperantes en nombre de la divinidad; cuando, cerca de mí, percibo nostalgias de un pasado en el
que se mezclaban peligrosamente Dios y el César..., me ratifico más y más en lo que aquí me atrevo a expresar sobre laicidad y laicismo.
Prisciliano, M.·. M.·.
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