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Breve historia de la Masonería Española
Esta breve historia de la Masonería española forma parte de un capítulo de "Masonería"© (todos los derechos reservados, prohibida la reproducción total o parcial sin mencionar al autor) libro del que es autor Don Miguel Ángel de Foruria y Franco, Pasado Gran Maestro y Gran Maestro de Honor ad Vitan del Grande Oriente Español, Pasado Diputado Gran Maestro de la Gran Logia de España, Gran Inspector de Comunicación y Publicaciones de la Gran Logia de España, Soberano Gran Inspector General Grado 33 del R.·. E.·. A.·. y A.·. y actual V.·. M.·. de la R.·. L.·. S.·. Cibeles Nº 131.
La Masonería en España, I.
En España, el poder de la Inquisición, reafirmado por el fundamentalismo religioso de la nueva casa reinante (Borbones) y el absolutismo político que caracteriza a la época, propició que la Masonería padeciera las mas encarnizadas persecuciones desde su implantación.
La primera Logia constituida con arreglo a las constituciones de Anderson, y la primera fundada fuera de las Islas Británicas, reconocida un año mas tarde por la Gran Logia de Inglaterra, data de 1728. En esta fecha se formó en Madrid, fundada por Lord Coleraine, Duque de Wharton, la Respetable Logia Matritense o de las Tres Flores de Lys. En 1729, el mismo personaje, coronel del ejército inglés al servicio de la Corona española, fundó varias logias más en Gibraltar y, en 1739, Lord Lovell, Gran Maestro de de la Gran Logia de Inglaterra, nombró al hermano Jacobo Commeford Gran Maestro provincial de Andalucía.
En 1740 Felipe IV, presionado por la Iglesia católica, se vio obligado por la bula de excomunión de Clemente XII a aprobar un severísimo decreto contra la Orden, el cual supuso que muchos hermanos, sobre todo de las Logias de Madrid, fueran encerrados en las mazmorras de la Inquisición, de donde partieron los que no fueron ejecutados durante los interrogatorios, para cumplir condena en galeras. A pesar de todo la Masonería continuó secretamente sus trabajos, y se extendió con rapidez por todo el país.
En 1751, la nueva bula de excomunión, esta vez lanzada por Benedicto XIV, dio aún mayor cobertura doctrinal a los fanáticos integristas y tomó nuevas fuerzas la persecución, multiplicándose su crueldad. Un sádico ambicioso, el padre Torrubia (1) , esperando conseguir un obispado al consumar su vesania, aprovechó su cargo de censor y revisor de la Inquisición y de los mas de 20.000 bellacos que el Santo Oficio utilizaba para espiar hasta en el ultimo rincón del reino, para poner en marcha un plan destinado a llevar al patíbulo a todos los francmasones españoles, y extirpar la Francmasonería de los Estados del Rey católico.
Obtuvo del gran penitenciario, del Papa, dispensa y absolución para el juramento que se le había de exigir al ingresar en la Orden y así se hizo recibir con un nombre falso. Se enteró inmediatamente de cuanto le interesaba y, con la ayuda de sus 20.000 espías, confeccionó una tan falsa como espantosa acusación, a la que iba unida una lista exacta de las 97 Logias que había en ese momento en España (2), la cual entregó al Tribunal Supremo de Justicia de la Inquisición, en Madrid.
Las consecuencias no se hicieron esperar y pronto millares de francmasones, cuyos nombres constaban en la infame acusación de Torrubia, fueron presos y sometidos a los mas crueles tormentos en los calabozos de la Inquisición. Al tiempo, Fernando VI se veía obligado por las presiones de la Iglesia, a decretar la prohibición del ejercicio de la Francmasonería por ser una Orden sospechosa y perjudicial para la religión.
Algunas Logias, sin embrago, continuaron reuniéndose en secreto, principalmente en ultramar donde la persecución fue mas moderada. Por ejemplo, en La Habana, donde las autoridades, temerosas de la reacción de los comerciantes extranjeros, no se dejaron someter por las presiones de la Inquisición.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII no cedió la intensidad de las persecuciones orquestadas por la Inquisición y legitimadas desde Roma a cada cambio de Papa, sin que algunos ilustres hermanos situados en puestos de relieve consiguieran moderar la furia inquisitorial, aunque desde su cercanía a los reyes y por los puestos que algunos de ellos ocupaban, lograron que una cierta infraestructura sobreviviera.
Lógicamente, la situación de clandestinidad en la que durante estos años vivió la Masonería ha hecho que muy pocos documentos de la época hayan llegado a manos de los historiadores, a pesar de esto sabemos que en 1772 se constituyó una Logia, compuesta mayoritariamente por militares de la Guardia Valona del Rey, dependiente del Gran Maestro Provincial de los Países Bajos.
En 1780, el conde de Aranda (3), fundó el Grande Oriente Nacional de España (primer antecedente del actual Grande Oriente Español) del que fue su primer Gran Maestro. Pertenecieron a esta Obediencia, entre otros: el duque de Alba, consejero de Estado; don Manuel de Roda, ministro de Gracia y Justicia; don José Nicolás de Azara, embajador en Roma; don Pablo Antonio de Olavide, síndico de Madrid y superintendente de las colonias de Sierra Morena; don Melchor de Macanaz, ministro de Carlos II, Felipe V y Fernando VI y don José Moñino, nombrado por Carlos III conde de Floridablanca.
Masones ilustres de la época fueron, entre otros, don Manuel Luis de Urquijo, ministro de Carlos IV; don Juan Antonio Llorente, secretario del Santo Oficio; el General O'Farril, el conde de Cabarrús, el conde de Campo Alanje y el celebre dramaturgo Leandro Fernández de Moratin.
A pesar de la pertenencia a la Masonería de tan encumbrados personajes, debo insistir en que la Orden vivió durante el siglo XVIII constantemente perseguida, con mas o menos saña según el momento, lo que la obligó a mantenerse como sociedad secreta y, en consecuencia apenas nos han llegado testimonios documentales. Por ello, en los registros mundiales no figura ninguna logia española hacia 1787.
Sí está comprobada la relación de un grupo de ilustrados masones, integrantes de aquel primitivo Grande Oriente Español, con las actividades republicanas conocidas como la conspiración del cerrillo de San Blas (3 de febrero de 1795), de la que fue dirigente destacado don Juan Mariano Picornell y Gomila, miembro de la Respetable Logia España (Madrid). Con él colaboraron en aquel intento revolucionario los hermanos: don José Lax, don Pedro Pons Izquierdo, don Sebastián Andrés, don Manuel Cortés, don Bernardino Garasa, y don Joaquín Villalba. Todos ellos condenados a muerte, tanto por su pertenencia a la Masonería como por su fe republicana, a pesar de no haber derramado ni una sóla gota de sangre y habiendo fracasado la intentona de insurrección, aun antes de empezar. Pena que les fue conmutada por la de prisión perpetua en Panamá, gracias a las presiones del embajador de Francia. País desde el que participaron en aquellos hechos los también masones españoles don José Marchena y don Andrés María de Guzmán, activos colaboradores en la revolución francesa.
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Padre Torrubia. Autor de "Centinila contra francmasones" publicada en 1752, una de las obras que mejor recoje la hostilidad de la iglesia hacia la Masonería.
El texto exacto de la acusación se puede encontrar en la colección del Diario de Viena para los francmasones, tomo de 1784 (primer año), segundo trimestre, página 183 y siguientes; en la Enciclopedia de Lenning y en "Los mártires de la Francmasonería en España", de Eylert, Veymar, 1854.
Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, militar y estadista, librepensador, intelectual y masón, uno de principales protagonistas del llamado nepotismo ilustrado, nació en 1717 en Siétamo (Huesca), miembro de una destacadísima familia del Reino de Aragón. Enviado a estudiar a Bolonia, de donde escapó para unirse al ejército español de Italia (1736) e iniciar así una carrera militar que le llevaría a ocupar, a los 46 años, los mas altos cargos de la jerarquía (Capitán General en 1763). Desde 1746 viajó por todas Europa, con lo que tuvo la ocasión de entrar en contacto con la Masonería y ser iniciado. En 1755 fue nombrado Embajador en Portugal, donde entabló amistad con otro ilustre masón e insigne estadista, el Marques de Pombal, Secretario de Interior y Marina de José I. De aquel país pasó, también como embajador, a Polonia, para regresar a la patria en 1763 y tomar posesión de la Capitanía General del Reino de Valencia, donde permaneció tres años. Fue llamado por Carlos III a Madrid, tras el motín de Esquilache, donde se hizo cargo de la Capitanía General de Castilla la Nueva, siendo nombrado, contemporáneamente, Gobernador del Consejo de Castilla.
Durante los siete años que permaneció al frente del Consejo puso en marcha una política de reformismo ilustrado y modernizaciones que le ganaron la enemistad de la Iglesia, que nunca dejo de conspirar contra él, una gran popularidad entre el pueblo llano y el elogió de hombres como Voltaire. Apoyó decididamente al Conde de Campomanes y a José Moñino, mas tarde Conde de Floridablanca, en su política regalista (intentos de que el Estado controlara el poder económico de la Iglesia, monopolizadora en la época de la inmensa mayor parte de la renta nacional y no contribuyente a Hacienda) así como en las reformas y modernización de la economía española y en los enfrentamientos con la Inquisición, por la pretensión de limitar el poder absoluto de sus tribunales. Protegió a don Pablo Antonio de Olavide, Sindico de Madrid, francmasón e intelectual notorio, en sus reformas de la enseñanza y agraria, encargándolo de la colonización de Sierra Morena. En 1773 las presiones de los inmovilistas y la labor de zapa de la Inquisición habían minado su posición ante el Rey, por lo que, temiendo por su vida, hizo uso de toda su influencia para conseguir ser nombrado embajador en París, donde fue recibido por los enciclopedistas, sus grandes amigos. En estos años y de la relación que restablece con la Masonería francesa e inglesa, nace la idea de crear una Obediencia Masónica puramente Española, lo que efectúa en 1780 fundando el Gran Oriente Nacional de España.
Entre sus grandes logros como diplomático se encuentra la firma de la paz con Gran Bretaña (1783). De su correspondencia de aquellos años se desprende que ya preveía que, a medio plazo, sino se realizaban reformas y se atendía a las justas reivindicaciones de los españoles de los Virreinatos americanos, estos se perderían. En 1792 fue nombrado por Carlos IV Primer Ministro, teniendo que hacer frente a las difíciles relaciones con la Francia revolucionaría, en cuyas filas militaban muchos de sus amigos. Consiguió mantener la neutralidad, tanto en el primer período como tras el asesinato de Luis XVI, mas fue destituido por las presiones de sus grandes enemigos para dar paso a Godoy, el joven favorito del Rey. A pesar de ello siguió manteniendo la necesidad de mantener buenas relaciones con Francia, lo que le costó ser desterrado a Jaén, siendo esto aprovechado por la Inquisición para intentar procesarlo. Ya no cesó la persecución hasta el final de sus días, sin que consiguieran que se retractara de sus ideales. Murió en Epíla (Zaragoza) en 1798. Uno de los últimos actos de su vida, consecuente con sus ideales Masónicos, fue conceder la jubilación, con sueldo integro, a los obreros de su fabrica de cerámica de Alcora (Castellón), lo que, no solo en la época, sino aun en nuestros días, es una aspiración social sin satisfacer.